DESDE EL PUENTE...
Hace una templada tarde
en Torremolinos. De camino al pequeño dojo donde entrena en estos últimos
tiempos el joven Maestro Antonio Ávila voy pensando en la estructura
moral tan importante que debe dar a la persona la práctica continuada
y sobre todo bien dirigida de las artes marciales tradicionales.
Al llegar, lo primero que me recibe
es el olor que desprende la fuerte lona de los karateguis japoneses empapados
del limpio sudor de los jóvenes luchadores que allí fraguan
gota a gota su propio reconocimiento en la escala más alta de la perfección.
En este mundo, donde prima lo estético
ante lo ético, la uniformidad en el traje para los entrenamientos borra
cualquier vestigio de procedencia ni de status social y sólo un detalle
refleja el carácter de quien lo porta: la limpieza del mismo. Esta
mayor o menor pulcritud en el aspecto denota con certeza el lugar que ocupa
el Kárate en el escalafón interior.
Con Antonio se encontraban tres cinturones
negros: la joven Susana, mujer silenciosa, amante del detalle, cuya forma
de interpretar las katas me sugiere la paz profunda y mullida que envuelve
su férrea voluntad, Panagiotis, al que es fácil suponer por
su actitud decidida, valiente hasta la temeridad y por último el más
joven del trío de futuros maestros es Pedro, discreto, eficaz, introvertido
y con una fuerte personalidad en ciernes. Estas eran las puntas del formidable
tridente que estaba forjando el guía de la clase. Hace ya tiempo que
los conozco de vista y en ellos reconozco el verdor de su juventud pero también
la dureza y el temple de quien tiene una meta clara, una respetuosa lealtad
hacia su maestro y una gran confianza en el propio adiestramiento.
Zhuang Zhou (365-285 adC) fue un filósofo
que teorizó en su obra llamada Zhuangzi, sobre la transmutación
que se produce en el aprendizaje. J.F. Billeter es un estudioso francés
que desarrolla esta línea de pensamiento y en una primera lección
titulada “El funcionamiento de las cosas” se ocupa de los pasajes
del Zhuangzi que describen las etapas que componen dicho aprendizaje en cualquier
práctica. Analiza las fases que se suceden en el proceso en sí:
desde la oposición y resistencia inicial entre el sujeto y el objeto,
hasta el punto límite en que a fuerza de práctica y pericia,
se produce una sinergia tan completa entre ambos que la actividad se transforma,
se emancipa del control de la conciencia y no obedece más que a sí
misma, pasando a un régimen superior.
Volvemos al entrenamiento: el Guía
insiste una y otra vez en posibles aplicaciones y posibilidades de una determinada
técnica ejecutada en impecable Siko dachi. Le siguen dilectos los alumnos
en un evidente grado de concentración y entrega. Ya se sabe del antiguo
proverbio que dice: “Busca el arte en el detalle” y aquí
no hay pereza en ello. Observo los puños cerrados de los practicantes
y siento temor, son armas verdaderamente contundentes. En otro tiempo yo lucí
también el emblema de la Goju en mi pecho y siempre creí que
era una representación exagerada de la extremidad humana herméticamente
cerrada, pero aquí veo que no, que son reales.
Los antebrazos están duros e
hinchados debido al sobreesfuerzo tensional. El tejido muscular más
la sangre adquieren por el entrenamiento y el espíritu la densidad
de la madera más compacta. El cuello aumentado de tamaño ante
el caudal de sangre que irriga un cerebro que emite y recibe ordenes a velocidades
ultrarrápidas al cuerpo que está intensamente alertado. Los
ojos taladran las direcciones de ataque. La barbilla guarda celosamente al
quinto chakra de la garganta. El kata explota en violencia certeramente encauzada.
El sudor de los músculos sobreexigidos corre a ríos. Las posturas
se clavan como firmes toriis anclados en tierra. Todo un espectáculo
de fuerza sometida al imperio refinado del control mental.
Ahora bien, cuando los años sedimentan
el conocimiento y con algo de suerte se trasciende del “imperativo económico”
y se consigue mantener el arte en estado puro, no puedo evitar incluir en
este modesto asomarse el siguiente párrafo orientativo de Jan Diepersloot
en el libro “El Tao del Yiquan”.
“La adquisición de “la
maestría física y mental en la suavidad*” resuelve de
forma profunda la paradoja ética y espiritual inherente a la adquisición
de destreza marcial. Esta paradoja consiste en el hecho de cuanto mayor es
el poder adquirido, menos puede ser usado. En el desarrollo espiritual del
artista marcial, por tanto, el conocimiento de la violencia debe engendrar
el compromiso con la no violencia. En caso contrario, uno está destinado
a seguir funcionando al nivel de peleón. Por tanto el progreso espiritual
del artista marcial supone ser cada vez más capaz de contemplar las
situaciones de autodefensa como oportunidades de practicar la compasión”.
*(Traducción
libre de mi cosecha del término chino “yin pengjin”)
Sobra cualquier comentario, igual que
sobra decir que estoy totalmente de acuerdo pero no solo en situaciones reales
en las calles, sino en la forma de expresarse y comunicarse en un foro de
Internet o en una reunión de amigos. Al karateca auténtico lo
pueden delatar sus nudillos prominentes, pero también su templanza
y su tolerancia.
Uso de nuevo la literatura china para
ilustrar la idea de la necesidad de dominar del ego y ejercitar la modestia.
Se trata de la obra titulada “La importancia de vivir” de un casi
contemporáneo nuestro: Li Yutang. No me parece un libro tan destacable
como para recomendar su lectura pero ahí encontré esta bonita
historia:
“El Mono era hábil pero
también vanidoso; tenía suficiente magia de mono como para abrirse
camino hasta el Cielo, pero no tenía bastante cordura y equilibrio
y templanza de espíritu para vivir pacíficamente allí.
Demasiado bueno quizá para esta tierra y su existencia mortal, no era
empero bastante bueno para el Cielo y la compañía de los inmortales.
Porque, según cuentan, el Mono
se rebeló y preguntó al Emperador de Jade en el Cielo por qué
no se le daba un título más alto entre los dioses; tuvo que
aprender la lección de humildad mediante una apuesta final con Buda,
o Dios mismo. Apostó que con sus poderes mágicos podía
ir hasta el fin de la tierra, y el premio era adjudicarse el título
nobiliario de “El Gran Sabio, Igual al Cielo”, o la sumisión
completa en caso de perder. Saltó, pues, por el aire, y viajó
con velocidad de rayo a través de los continentes, hasta que llegó
a una montaña con cinco picos, que juzgó debía estar
tan lejos que en ella jamás habían puesto pie los seres mortales.
A fin de dejar prueba de que había llegado al lugar, orinó al
pie del pico central, y satisfecho ya con su hazaña volvió y
relató su viaje a Buda. Abrió entonces Buda una mano, y le pidió
que oliera su propia orina en la base del dedo medio, y le dijo cómo
durante todo ese tiempo no había salido de la siquiera de la palma
de la mano. Sólo entonces logró humildad el Mono, y después
de estar encadenado a una roca por quinientos años fue liberado por
el Abate y se unió a él en su eterna peregrinación tras
el conocimiento de las cosas”.
Y como parte de esa peregrinación
en la que estamos, recomendar la constancia en el entrenamiento con las palabras
de una persona absolutamente ajena al mundo de las artes de combate como es
Isak Dinesen, la desaparecida escritora danesa. En una frase suya está
concentrada la carga más grande de sabiduría marcial y espiritual
que he leído nunca. Dice así: “En el arte no hay
misterio. Haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que
no puedes ver”.
Salvador Palomo
Febrero 2005
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