Estas en > Inicio > Artículos > Desde el puente
 
       
Vuelve a la página principal
 
     
Si quieres conocernos un poco mejor, entra
   
Una breve historia de nuestro estilo, Goju-Ryu
     
   
Aquí te informamos de las actividades que organizamos y/o participamos
       
    Interesantes trabajos realizados por nuestro Grupo de Estudio y amigos          
    ¿Quieres conocer más dontr nuestro Grupo de Estudio y su forma de trabajo? Pues entra          
 
Nuestro Dojo
         
  Galería de fotos de actividades ya realizadas          
  Si quieres opinar sobre nuestra web hazlo aquí          
  Opina, comenta, pregunta,debate, di lo que quieras pero sin faltar al respeto por favor          
  Enlaces de páginas de nuestros amigos          
  Si quieres comunicarte directamente con nosotros pincha aquí          
                   


PRESENTACIÓN

En efecto. Fue en una tarde de Otoño que mi entrañable amigo Salvador tuvo a bien obsequiarnos con su amable presencia. Su extraordinaria sensibilidad, que me consta ha nacido de un intenso trabajo interior, le permite sutiles percepciones que como un subjetivo espejo nos devuelve en escritos como este, haciéndonos conscientes de ellas. Es de agradecer que en su escrito solo se detenga en lo positivo de su observación, aunque esto nos produzca rubor, mas aún viéndonos intercalados entre los profundos textos citados.

En lo que a mí respecta, le agradezco tanto el título de “joven”, cuando uno no lo es ya tanto, como el de “Maestro”, cuando creo que todavía es mucho el camino por recorrer, y aún solo pretendo que los que solicitan mi ayuda no caigan en mis mismos errores.

Gracias amigo.

Antonio Ávila

 
 

DESDE EL PUENTE...

Hace una templada tarde en Torremolinos. De camino al pequeño dojo donde entrena en estos últimos tiempos el joven Maestro Antonio Ávila voy pensando en la estructura moral tan importante que debe dar a la persona la práctica continuada y sobre todo bien dirigida de las artes marciales tradicionales.

Al llegar, lo primero que me recibe es el olor que desprende la fuerte lona de los karateguis japoneses empapados del limpio sudor de los jóvenes luchadores que allí fraguan gota a gota su propio reconocimiento en la escala más alta de la perfección.

En este mundo, donde prima lo estético ante lo ético, la uniformidad en el traje para los entrenamientos borra cualquier vestigio de procedencia ni de status social y sólo un detalle refleja el carácter de quien lo porta: la limpieza del mismo. Esta mayor o menor pulcritud en el aspecto denota con certeza el lugar que ocupa el Kárate en el escalafón interior.

Con Antonio se encontraban tres cinturones negros: la joven Susana, mujer silenciosa, amante del detalle, cuya forma de interpretar las katas me sugiere la paz profunda y mullida que envuelve su férrea voluntad, Panagiotis, al que es fácil suponer por su actitud decidida, valiente hasta la temeridad y por último el más joven del trío de futuros maestros es Pedro, discreto, eficaz, introvertido y con una fuerte personalidad en ciernes. Estas eran las puntas del formidable tridente que estaba forjando el guía de la clase. Hace ya tiempo que los conozco de vista y en ellos reconozco el verdor de su juventud pero también la dureza y el temple de quien tiene una meta clara, una respetuosa lealtad hacia su maestro y una gran confianza en el propio adiestramiento.

Zhuang Zhou (365-285 adC) fue un filósofo que teorizó en su obra llamada Zhuangzi, sobre la transmutación que se produce en el aprendizaje. J.F. Billeter es un estudioso francés que desarrolla esta línea de pensamiento y en una primera lección titulada “El funcionamiento de las cosas” se ocupa de los pasajes del Zhuangzi que describen las etapas que componen dicho aprendizaje en cualquier práctica. Analiza las fases que se suceden en el proceso en sí: desde la oposición y resistencia inicial entre el sujeto y el objeto, hasta el punto límite en que a fuerza de práctica y pericia, se produce una sinergia tan completa entre ambos que la actividad se transforma, se emancipa del control de la conciencia y no obedece más que a sí misma, pasando a un régimen superior.

Volvemos al entrenamiento: el Guía insiste una y otra vez en posibles aplicaciones y posibilidades de una determinada técnica ejecutada en impecable Siko dachi. Le siguen dilectos los alumnos en un evidente grado de concentración y entrega. Ya se sabe del antiguo proverbio que dice: “Busca el arte en el detalle” y aquí no hay pereza en ello. Observo los puños cerrados de los practicantes y siento temor, son armas verdaderamente contundentes. En otro tiempo yo lucí también el emblema de la Goju en mi pecho y siempre creí que era una representación exagerada de la extremidad humana herméticamente cerrada, pero aquí veo que no, que son reales.

Los antebrazos están duros e hinchados debido al sobreesfuerzo tensional. El tejido muscular más la sangre adquieren por el entrenamiento y el espíritu la densidad de la madera más compacta. El cuello aumentado de tamaño ante el caudal de sangre que irriga un cerebro que emite y recibe ordenes a velocidades ultrarrápidas al cuerpo que está intensamente alertado. Los ojos taladran las direcciones de ataque. La barbilla guarda celosamente al quinto chakra de la garganta. El kata explota en violencia certeramente encauzada. El sudor de los músculos sobreexigidos corre a ríos. Las posturas se clavan como firmes toriis anclados en tierra. Todo un espectáculo de fuerza sometida al imperio refinado del control mental.

Ahora bien, cuando los años sedimentan el conocimiento y con algo de suerte se trasciende del “imperativo económico” y se consigue mantener el arte en estado puro, no puedo evitar incluir en este modesto asomarse el siguiente párrafo orientativo de Jan Diepersloot en el libro “El Tao del Yiquan”.

“La adquisición de “la maestría física y mental en la suavidad*” resuelve de forma profunda la paradoja ética y espiritual inherente a la adquisición de destreza marcial. Esta paradoja consiste en el hecho de cuanto mayor es el poder adquirido, menos puede ser usado. En el desarrollo espiritual del artista marcial, por tanto, el conocimiento de la violencia debe engendrar el compromiso con la no violencia. En caso contrario, uno está destinado a seguir funcionando al nivel de peleón. Por tanto el progreso espiritual del artista marcial supone ser cada vez más capaz de contemplar las situaciones de autodefensa como oportunidades de practicar la compasión”.

*(Traducción libre de mi cosecha del término chino “yin pengjin”)

Sobra cualquier comentario, igual que sobra decir que estoy totalmente de acuerdo pero no solo en situaciones reales en las calles, sino en la forma de expresarse y comunicarse en un foro de Internet o en una reunión de amigos. Al karateca auténtico lo pueden delatar sus nudillos prominentes, pero también su templanza y su tolerancia.

Uso de nuevo la literatura china para ilustrar la idea de la necesidad de dominar del ego y ejercitar la modestia. Se trata de la obra titulada “La importancia de vivir” de un casi contemporáneo nuestro: Li Yutang. No me parece un libro tan destacable como para recomendar su lectura pero ahí encontré esta bonita historia:

“El Mono era hábil pero también vanidoso; tenía suficiente magia de mono como para abrirse camino hasta el Cielo, pero no tenía bastante cordura y equilibrio y templanza de espíritu para vivir pacíficamente allí. Demasiado bueno quizá para esta tierra y su existencia mortal, no era empero bastante bueno para el Cielo y la compañía de los inmortales.

Porque, según cuentan, el Mono se rebeló y preguntó al Emperador de Jade en el Cielo por qué no se le daba un título más alto entre los dioses; tuvo que aprender la lección de humildad mediante una apuesta final con Buda, o Dios mismo. Apostó que con sus poderes mágicos podía ir hasta el fin de la tierra, y el premio era adjudicarse el título nobiliario de “El Gran Sabio, Igual al Cielo”, o la sumisión completa en caso de perder. Saltó, pues, por el aire, y viajó con velocidad de rayo a través de los continentes, hasta que llegó a una montaña con cinco picos, que juzgó debía estar tan lejos que en ella jamás habían puesto pie los seres mortales. A fin de dejar prueba de que había llegado al lugar, orinó al pie del pico central, y satisfecho ya con su hazaña volvió y relató su viaje a Buda. Abrió entonces Buda una mano, y le pidió que oliera su propia orina en la base del dedo medio, y le dijo cómo durante todo ese tiempo no había salido de la siquiera de la palma de la mano. Sólo entonces logró humildad el Mono, y después de estar encadenado a una roca por quinientos años fue liberado por el Abate y se unió a él en su eterna peregrinación tras el conocimiento de las cosas”.

Y como parte de esa peregrinación en la que estamos, recomendar la constancia en el entrenamiento con las palabras de una persona absolutamente ajena al mundo de las artes de combate como es Isak Dinesen, la desaparecida escritora danesa. En una frase suya está concentrada la carga más grande de sabiduría marcial y espiritual que he leído nunca. Dice así: “En el arte no hay misterio. Haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que no puedes ver”.

Salvador Palomo
Febrero 2005

Artículos